That`s Something I Wrote

Notas para la muerte I.

Despertó muy temprano, era aún de madrugada, saludó a su perro. Regó la planta que desde hace meses la acompañaba mientras estudiaba ubicada sobre la mesa junto a la ventana. Fue al baño, lavó su rostro. De la gaveta superior al lado del espejo tomo un frasco amarillo y lo guardo en el bolsillo derecho. Levantó en sus brazos a Matías – (su perro) -, abrió la puerta. Luego de unos cuantos pasos dejo a Matías en el suelo, tomó su correa y la ató a la perilla del 303, golpeó una, dos y tres veces, luego dejó un sobre blanco algo desgastado con una carta debajo de la puerta – cuídalo mucho, sé que eras la indicada para hacerlo Juanita – era lo que estaba escrito en ella. Acarició la cabeza de Matías y sin mirar atrás volvió a su apartamento, un par de lágrimas se escabulleron de sus ojos color miel y se fueron abriendo paso entre sus mejillas ruborizadas hasta estrellarse contra el suelo. Tardó muy poco en llegar a su acogedor apartamento. Después de cerrar la puerta, entró a la cocina y de la nevera tomó una botella de vodka, se fue al sofá, miró directamente a la ventana por donde poco a poco iba entrando la luz del sol mañanero, sacó el tarro amarillo que antes había colocado en el bolsillo de su bata, vacío su interior en su boca hasta llenar su garganta y para terminar tomó  un gran trago de la botella que acababa de sacar del refrigerador.

Cerró sus ojos lentamente y quedó postrada en el sofá, no tenía más de 25, conocía a muy pocos y lo único que tenía era a su adorado Matías. Ahora ya no hay nada más que contar.

UN DÍA MÁS

Cinco treinta de la mañana, el frío carcome cada uno de mis huesos, mis ojos aunque intentan mantenerse abiertos, por instantes son cerrados por constantes pestañeos, el silencio de la noche lentamente se va desvaneciendo, la ciudad despierta a mi alrededor. – lo he logrado, un día más – el amanecer llega y con él los primeros rayos de luz ingresan por la pequeña ventana sobre mi puerta, no doy más, ya mi cuerpo no reacciona, mi brazo cae colgando de la cama, ya no siento frío, – otro día más – mis párpados pesan, y para este momento ya no tengo ni una gota de aliento, doy un último vistazo a mi habitación o por lo menos a todo lo que mis ojos y la poca luz me lo permiten, el cuadro de Munch aunque colgado de medio lado se ve bien, sobretodo con la poca luz que le está cayendo, el perchero mantiene en su asta aquel sombrero que resguardó mi cabeza de tantas noches frías y días soleados, pero también me ayudó a mantener en orden todos aquellos pensamientos e ideas. Uno, dos, tres pestañeos – otro día más – ya no veo igual, todo se va nublando, ya no puedo distinguir nada más en la habitación, una luz borrosa es lo único que logró ver, me lastima, un suspiro lento y prolongado me da paso a la más oscura penumbra. – un día más – es mi último pensamiento.

Se abre la puerta, – mamá, mamá el abuelo – es lo último que logró escuchar.

MÁS QUE UNA MIRADA, UNA MIRADA PERDIDA.

Un campo abierto que termina en el horizonte, ubicado después del estanque donde se encuentra  él, un joven de mirada perdida, de no más de treinta años, cabello enmaraño, barba de algún par de días, vestido de camisa y pantalón negro, y un cabestrillo de color azul que lleva en su brazo derecho que atraviesa más la mitad de su torso.

El sol y sus rayos brillan en el manto de agua cristalina del estanque, que a su vez se reflejan sobre el rostro de aquel joven; a su alrededor lo acompañan algunos patos, que con sus graznidos – ¡quac, quac, quac! -, pareciese, que le pidiesen algo, un trozo del pan quizás ese que está comiendo. Detrás de estos, se encuentran tres gansos blancos como las nubes, estiran sus cuellos y nadan lentamente alrededor del estanque, de lado a lado de este vemos un bosque lleno de inmensos arboles, donde el viento al hacer mover todas y cada unos de sus ramas hace que se vuelva un tanto inquietante.

El joven mira el estanque y tira un trozo de pan a los patos, que incesantemente y con gran rapidez, pero al mismo tiempo y sin dejar de graznar, se atiborran sobre este, hasta que sin más desaparece. Luego del gran alboroto, una mirada fija invade por completo su rostro, se le nota un tanto y quizás se podría deducir por está, que a pesar de que se encuentre sentado sobre el verde pasto y frente a este gran estanque cristalino, que este joven se encontrase en algún otro lugar.

Son varios los minutos que se mantiene en la misma posición al igual que  la misma mirada perdida en el horizonte de hace un rato, de repente cierra sus ojos y lentamente se da vuelta hacía un lado, al hacerlo nos permite ver una gran mancha roja que le atraviesa su rostro. De lejos pareciera que el culpable de esta, fuera el incesante sol, pero, de cerca sin duda alguna, podemos ver que es una gran cicatriz, una que no solo le ha dejado una gran marca en su rostro, sino, que también en su alma, en su corazón e incluso en todo su interior.

Se puede sentir la brisa que recorre el campo, esta pasa por el estanque y se oculta en el fondo y lo más oscuro del bosque. Desde lo más alto del cielo, un cielo tan azul y despejado que lo único que genera es paz y tranquilidad, irrumpe una figura negra, que con gran perspicacia y rapidez  lo surca hasta al fin aterrizar, a tan solo unos cuantos metros de nuestro protagonista, se trata de un cuervo, uno de esos que con su graznar, un tanto irritante y espeluznante – que incluso nos lleva a pensar en Edgar Alan Poe y su Relato. – irrumpe la paz y tranquilidad del momento.

Es el único sonido que hace que la mirada de aquel joven se desvíe y hace que pierda su concentración. Agacha su mirada y de su morral negro, al igual que su vestimenta y el cuervo que está a unos cuantos metros de él, se dispone a sacar después de un gran esfuerzo, por su brazo lastimado e inmóvil un lápiz y un cuadernillo, un tanto desgastado y lleno de innumerables palabras; lo pone sobre su regazo y al ver de nuevo el majestuoso paisaje del campo y del estanque que tiene en frente de su, de nuevo su mirada se vuelve a perder en aquel horizonte que pareciese que no tuviese ningún fin.

Una mirada perdida, un tanto pensativa, un tanto seria, un mirada como si dijese que a su lado hace falta algo o alguien, que además se encuentra acompañada de un silencio absoluto, un silencio que quisiese que fuera interrumpido por algún sonido, alguna risa o quizás alguna voz suave y cálida, esa voz de aquella persona que ya no está. Una mirada perdida que para los demás esta llena de secretos, confidencias, sentimientos y emociones, que solo aquel que la tiene es el único que sabe el porqué la causa de la misma.

Una mirada así, como aquella mirada del joven sentando frente al estanque, con un inmenso campo que se pierde en el horizonte, un bosque a lado y lado acompañado de unos cuantos graznidos de los patos alrededor y también de un cuervo que se posa a muy pocos metros de él.

ÉL

Él, José un empresario con un negocio familiar, él un hombre lleno de sabiduría, con un amor incondicional por su familia, un ser cálido y muy sabio frente a la vida, que con tan solo una mirada puede intuir qué es lo que ocurre a su alrededor y que justo en el momento en que se da cuenta que todo va mal o que por lo menos no todo va como lo es usualmente, abre sus ojos y toma una bocanada de aire para luego desecharla por su nariz, abriéndose sus fosas con mucha lentitud al soltarlo.

Él un hombre con un carrera encima y mucha experiencia en su trabajo, se le puede notar en su rostro, con no solo una sino con las muchas arrugas que deja ver; las cuales nos dan fe de que es justamente el paso de los años los que nos permiten ser los mejores en lo que hacemos; él un anciano siempre bien peinado y con un corte de pelo al estilo inglés, siempre de traje, y de camisa con mancornas, un hombre luchador y trabajador que en ocasiones pareciese ser un hombre frío por sus expresiones, y con una gran firmeza a la hora de hablar; pero no es así, por más que aparente demostrar ser fuerte, rudo y un ser que nunca se deja desmoronar; simplemente lo hace para que su familia no se sienta en ningún momento insegura, pero en el fondo es un gran ser.

En ocasiones es un tanto tosco y serio, pero tiene un corazón tan grande que en las noches le permite entrar y arropar a cada uno de sus 4 nietos con sus mantas, con tal suavidad que sus manos llegan a convertirse y sentirse como sin fuesen un algodón. Él, un hombre tan sabio que dispone de su tiempo para escuchar y aconsejar a sus hijos, sobrinos y allegados con cada uno de sus problemas, no sin antes brindarles el mejor de sus consejos y cuando lo hace lo hace con una mirada fija y una seguridad que indica a quién se encuentre viéndole y escuchándole que ese es el mejor consejo que puede recibir.

Él es un Hombre que sin importar las 10 o más de 12 horas de su jornada laboral, al llegar a casa está dispuesto a ayudar en las labores del hogar a su esposa y luego, eso sí, después de un café y haber fumado un tabaco, sorprende a sus nietos compartiéndoles una de sus grandes historias, que con un tanto de realidad y fantasía disfrutan desde los más grandes hasta los más pequeños. 

Y sí, así es él es un hombre que a pesar de contar con miles de defectos, es un hombre con miles de virtudes, un hombre capaz de sacrificar todo por su familia y hacerse cargo de ella hasta el fin de sus días.

Él, un hombre común y corriente, que hasta el día de hoy nos ha enseñado lo importante que es la palabra y por supuesto cumplir de ella.

Él, Un hombre que no podrá ser un súper héroe, ni contará con súper poderes, pero que con cada acción, cada esfuerzo, cada entrega y que con gran valentía podría ser el héroe más grande del mundo entero.

Pues él, este hombre nos es nada más ni nada menos que mi abuelo.

Una esquina, cuatro amigos, miles de historias.

4 amigos, 4 esquinas, 4 camisas, una misma calle. Un pequeño recorrido, un bar en la esquina derecha, una cafetería en la izquierda, un mini mercado enfrente, detrás un restaurante y un mismo camino saludan el día que empieza y con él las algunas de las miles de historias que pasan mientras estos 4 amigos, todos jóvenes de no más de 26, se encuentran.

Los pájaros trinan y todo parece normar en aquella calle, luego se escuchan a dos autos pasar y están a punto de chocar, del otro lado un niño y su abuela lo ven todo desde la ventana de su hogar, los conductores inician una gran discusión, una pareja que pasa sella sus sentimientos el uno por el otro con un beso y caminan como si nada alrededor tuviese importancia, para ellos lo único importante y valioso es que se tienen el uno al otro.

Volvemos a nuestros amigos, uno enciende un cigarro, el siguiente le pide fuego para encender el suyo, luego de varios intentos y aún no ha podido encenderlo, lo otros dos dan vuelta y observan la discusión que mantienen los conductores, del otro lado una carriola y dentro un bebe que llora sin parar, un ladrido retumba desde el fondo de un garaje, justo por donde la pareja de la que habíamos hablado al pasar vuelve a la realidad.

La discusión termina y cada cual sube en su coche y se van; al parecer en la calle todo vuelve a la normalidad, dos ancianas salen del restaurante, parecen disgustadas; quizás por la comida, el servicio o el precio, tal vez por un amorío de su juventud o incluso por el partido de damas que acaban de jugar. – Eso No lo podremos saber jamás. – mientras discuten, doblan la esquina y se pierden sin más.

Pasa el autobús, y al voltear a la pareja que ha vuelto a la realidad, también le perdemos de vista; por otro lado, la mujer con el coche de bebé ingresa al mini mercado, detrás se abre la puerta del café y de este sale un hombre, de unos 35 o quizás 40 años, con un gabán negro; acomoda su sombrero, mira a lado y lado, para después subirse en un coche rojo, donde una pelirroja, quizás de esas que tienen mil pecas en su rostro, lleva consigo unas gafas negras, antes de arrancar le tira un beso y pone el acelerador a mil. 

De nuevo a nuestros amigos, los cuales se quedan todos viendo aquella pelirroja y a su auto que aunque no lo fuera con el acelerador a fondo pareciera un F1. Del lado del bar una puerta verde con un marco negro y dintel que pareciese que fuera a caer sale una mujer despampanante, rubia alta, de cara delicada, ¡toda una modelo!, con un estilizado e imponente caminar, cautiva las miradas de los 4 amigos y de las demás personas que se encuentran por el lugar, con paso firme, cruzando la calle y paso a paso se acerca cada vez más al cuarteto que casi con la boca abierta ven como pasa por la mitad de todos abriéndose campo, entrando sin más al café que está detrás de ellos. 

Pasa un autobús y entre risas, empujones y frases hablan sobre esa despampanante pelirroja que acaba de pasar luego se despiden y cada uno toma un camino diferente por cada una de las cuatro esquinas. Y es así como termina el encuentro de estos 4 amigos que cada tarde se encuentran en la misma esquina, donde cada día observan una historia distinta que se puede dar justo en este lugar.

Háblame

Háblame de aquel chiquillo. Háblame de cómo te hablaba, de cómo te trataba, incluso de cómo te hacía el amor. Háblame de cómo lograba sacarte una sonrisa y también de cómo lograba sacarte de quicio, háblame y cuéntame qué era lo que más disfrutabas de su presencia y que odiabas de su ausencia, cuéntame cómo eran sus caricias. Qué era todo eso que te decía al oído, descríbeme porqué te gustaban tanto sus palabras, cuéntame si realmente le amabas, y sí el también te amaba. ¿Lo querías? Realmente era tuyo, ¿te hacía feliz? Si estabas tan enamorada, si era tuyo, si para ti no existe alguien más maravilloso que él.

Cuéntame o mejor dicho Hábleme del ¿Porqué lo has asesinado? – Ella responde con las manos ensangrentadas y la mirada perdida en el horizonte como si le faltara algo, como si ya no estuviese viva, y junto al cuerpo de aquel chiquillo que tanto amaba responde – “Sencillamente lo amaba”.

Luego toma el mismo cuchillo que ha cegado la vida a su amor y procede a hacer lo mismo con la suya.